Por Sofía González

 

Sólo el arte es capaz de poder hacer mirar al espectador hacia otro lado, mostrar una realidad totalmente distinta a la que la sociedad acostumbra. El artista que logra llegar a la gente, consigue llegar a algún lado.

Las nuevas propuestas de ver y entender la naturaleza humana y el entorno son las que hacen avanzar al arte.[1] Si se estanca en un entorno y se niega a avanzar, deja de ser útil.

El artista no debe pensar en crear algo sublime, porque podría fallar en el intento, pero también causar en su espectador cierta catarsis que lo haga no olvidar. Este tiene un compromiso no sólo con el espectador, sino también con el aire, por decirlo de otra forma, con cada cosa y persona que lo rodea, que lo toca, que lo siente. Sería fácil hablar, por ejemplo: de la droga y mantenernos en la idea moralista de que es mala, pero eso no es ni novedoso, ni llamativo; por el contrario, si dijera que en algunos casos está bien, lo haría controversial, daría lugar a un panorama distinto (exponiendo ideas razonables, por supuesto).

“Capitalismo, todo un arte”. Recuperado de: https://jorch.deviantart.com

Juan Ramón Barbancho dice que el arte verdaderamente social debe ser un intersticio que abra brechas por donde los asuntos sociales y políticos pasen a primer nivel, porque el arte, en el siglo XXI, será social o no será.[2]

La verdad es que la sociedad ha cambiado tanto a lo largo del tiempo que al hablar de ella se puede tener una zona muy extensa de trabajo, pues la forma de vivir cambia siempre y el arte es el espejo de la sociedad misma, sus costumbres, sus ideas y su entorno. De una forma casi fotográfica el arte, –en un ejemplo la literatura- puede reflejar todo lo que somos, hasta lo que no se puede ver.

Pero, durante décadas, las expresiones artísticas han perdido valor y se han vuelto más comerciales de lo esperado. Las mercancías culturales se tornan desechables, las modas de rápida obsolescencia; los movimientos socioculturales, los estilos y la propia sustancia del arte se desvanecen raudos en el tiempo.[3]

Si vender es la función principal de una obra, el producto no es arte, es sólo una mera imitación de ella. El creador será lo que sus obras definan. Y en estos tiempos el arte es vago y efímero.

Existen quienes logran crear “arte” con la comercialización y quienes logran crear arte a pesar de la comercialización. No digo que toda obra comercial sea mala o su contrario, pero existe una gran diferencia entre la gente que usa el arte para conseguir dinero y quien usa el ambiente globalizado y el dinero para hacer arte.

Para poder llegar a la catarsis hace falta más -en algunos casos- de lo que la actualidad ofrece, pues no explora la vida social y es sólo objeto de compra y venta -y es ahí cuando se entiende-. Si al arte no le interesa la verdad, que no quiere ver, ya no tiene nada que decir sobre la belleza, ni admite ninguna función que no sea la de autoperpetuarse, ¿tiene algún sentido que siga existiendo?[4]

 

[1]   Verónica Pérez Karleson, “El arte comprometido”, en El arte comprometido, trad. Español, 2007, MA FINE ART, p.18. En línea: http://www.grafeo.com/textos/VPK_ES.pdf  Consultado el 30 de junio de 2017.

[2] Juan-Ramón Barbancho, “Arte, sociedad y política: otras formas de protesta”, en Asri, núm. 6, EUMEDNET,  abril de 2014. En línea: http://asri.eumed.net/6/arte-protesta.pdf  Consultado el 12 julio del 2017.

[3] José Othón Quiroz Trejo, “Arte, sociedad y sociología”, en Sociológica, núm. 71, UAM, septiembre-diciembre de 2009, p.106. En línea: http://www.sociologicamexico.azc.uam.mx/index.php/Sociologica/article/view/130/121 Consultado el 2 de julio de 2017.

[4] Verónica Pérez Karleson, op. cit., pág. 15.