Por Julia García López-Durán

“La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido”

Leonard Bernstein

 

La cultura como manifestación artificial del ser humano se diversifica en una gran variedad de manifestaciones estéticas, donde el hombre desde el inicio de los tiempos ha ido dando muestra de sus múltiples capacidades intelectuales abstractas frente al resto de los seres vivos.

Las producciones estéticas, artísticas, nos dan a conocer las características e inquietudes de un homo erguido, bípedo y con lenguaje articulado. Dichas inquietudes siempre han estado condicionadas, e incluso determinadas, por el contexto social, político, económico, ideológico, filosófico y religioso.

Centrándonos en cualquiera de las producciones estéticas del hombre podríamos realizar un recorrido por la historia de la humanidad desde sus primeros tiempos, comprobando así, la evolución de nuestra especie, aunque muchas veces hemos dado muestras de nuestra propia involución, quizás por un uso inadecuado de nuestras propias capacidades dirigidas por un alto grado de crueldad, de egoísmo, de ansia de poder y de ambición.

Elegir una actividad creativa dentro de nuestra extensa producción humana es difícil, pues sería como tomar un pétalo de una rosa para ignorar el resto de la flor, ya que, todas nuestras actividades estéticas están intrínsecamente relacionadas entre sí e influyen de una u otra forma a las demás. A pesar de la complejidad del reto me voy a decantar por la música, los músicos y sus creaciones.

La música ejerce en el ser humano una gran capacidad para descubrir y desarrollar no sólo emociones y sentimientos de toda índole, sino que puede formarnos y educarnos como personas e individuos sociales, creando nuestra propia conciencia ante la realidad que nos rodea. No es posible que existan seres humanos apolíticos sin interés ni conciencia por su propio mundo pues todos formamos parte de una sociedad con unos parámetros determinados que van a condicionar nuestra forma de vida en ese ámbito. El ser humanos es social por naturaleza, independientemente del tamaño de la comunidad a la que pertenezca, por ello, todo lo que pasa a nuestro alrededor nos afecta de una u otra forma.

Desde temprana edad, la música de diferentes estilos y cantantes formó parte de mi vida. Sin embargo, hay una música que me acompañó en el periodo que transcurrió entre la infancia y la adolescencia, fue la canción protesta.Formó mi capacidad crítica y mi creencia de que el contexto político, social, económico e ideológico, en definitiva, eran susceptibles de una honda transformación para su mejora. No basta con contemplar la realidad y dar cuenta de ella, también es necesario tomar parte activa en la profunda transformación de la misma.

Nací en la España de los años años sesenta, donde a la dictadura del General Francisco Franco todavía le quedaban muchos golpes de gracia que dar. La década de los sesentas y setenta, en este mi país, fueron unos años duros donde se imponía una única forma de pensar que ideológicamente están muy vinculada a un régimen autoritario de carácter fascista y a unas manidas creencias religiosas que vivieron al amparo de la política dominante. Tiempos difíciles donde hasta lo que hoy parece de sentido común y aparentemente normal, estaba prohibido, como vestir, por ejemplo, falda corta, bañadores escotados, con colores llamativos, etc, ya que, iban contra de las normas que nuestras rancias e impositivas costumbres mojigatas, controladas por una falsa moral católica, imponían. Era delito hablar en público de determinados temas. Se aplicaba la Ley de Vagos y Maleantes a personas sin recurso que vivían en la calle y a aquellos que osaban reunirse en compañía de dos o más personas para tratar de cualquier tema. El cine estaba sometido a la férrea tijera de la censura que dejaba las películas aptas para todos los públicos. También estaba prohibido leer a determinados escritores tanto nacionales como internacionales por ser considerados como enemigos del régimen y por pervertir nuestra ideología, nuestro comportamiento, nuestra forma de pensar y hasta nuestra imaginación. Destacaría a Federico García Lorca y Miguel Hernández.

Inti Illimani

No podíamos escuchar a los cantantes que habían puesto música a esos autores prohibidos. La mayoría pasaron a llamarse “cantautores” y engrosar el grupo de la Canción Protesta. En España destacaría a Carlos Cano, Luís Eduardo Aute, Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez, Raimon, Labordeta, Lluís Llach, Pi de la Serra, entre otros. Nos deleitaban con letra y música de su propia cosecha o “cancionando” poemas de nuestros literatos de mayor prestigio, sin embargo, no parecía del agrado del régimen político existente. Muchos de nuestros más prestigiosos escritores habían partido al exilio antes o tras la finalización de la Guerra Civil Española (1936-1939). Otros, con menos suerte, perecieron en nuestras cárceles o murieron a manos de mentes enfermas y calenturientas de poder.

Las voces más destacadas de la década de los años sesenta y setenta pusieron música y voz a esos poemas dolorosos, triste y combativos frente a una situación política, social, económica, ideológica impositiva, dictatorial y represiva que ya se iba haciendo eterna en el tiempo y en la vida de a los que le tocó vivir este depresivo periodo de la historia de España.

En Latinoamérica, también iban surgiendo movimientos de protesta musical con voces como la de Daniel Viglietti en Uruguay, la de Víctor Jara y Violeta Parra en Chile, o lo que conocimos como la Nueva Canción Chilena con grupos como Intillimani y Quilapayun, por mencionar algunos. De la Nova Trova Cubana llegaban voces discordantes con los regímenes totalitarios de mano de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez.

Tras oír repetidas veces con el cassette muy bajo, nunca se sabe quién pueda oírlo, las canciones, terminaba por aprenderlas de memoria. Tararear su música era suficiente para saber que la otra persona también estaba en tu onda. Hablaban de esclavitud, de matanzas, de sucesos políticos contemporáneos, de los derechos, de la libertad… Las canciones eran una crónica social en pequeñas dosis que relataban los problemas y conflictos sociales, así como la necesidad de compromiso por parte de los oyentes con el firme propósito de un posible cambio social, a pesar de las fuertes medidas represoras, incluida la pena capital, contra cualquier indicio que supusiese un cambio o una crítica a la realidad vigente.

La asistencia a cualquier concierto de nuestros cantautores preferidos era toda una odisea, nunca sabíamos si se iban a suspender por alguna orden directa y de última hora del Gobierno Civil, o si una vez que estábamos dentro del concierto se iba a interrumpir e íbamos a tener que salir corriendo en todas direcciones pues los antidisturbios nos esperaban a la salida de la universidad o del recinto donde se estuviese desarrollando este acto lúdico-cultural, pero incómodo y perturbador para un régimen enfermo de autoritarismo.

El compromiso social que adquirió la música y letra de los cantautores en estos tiempos tan convulsos de dictaduras e injusticias en todos los ámbitos, hizo posible que muchos de nosotros estuviésemos informados de lo que ocurría en nuestro propio vecindario, así como en los vecindarios de otros países hermanos de habla hispana.

Hoy día echo en falta letras tan elaboradas y a comprometidos trovadores de la palabra que transmitan con tanto sentimiento los problemas de nuestra cotidianidad que no son otra cosa más que nuestra propia vida.

Me gustaría terminar con un verso del grandísimo poeta y cantautor Víctor Jara que marcó toda una época de protestas y luchas contra la intolerancia y tuvo que pagar por ello, el precio más alto que puede pagar alguien, perder la propia vida de forma cruel y desgarradora a manos de la sinrazón y del despotismo humano.

Yo no canto por cantar

ni por tener buena voz,

canto porque la guitarra

tiene sentido y razón…