Por Francisco Agramunt Lacruz

Doctor en Historia del Arte (Valencia, España)

I

                 Un aspecto muy poco conocido de la historiografía mexicana del pasado siglo, fue la presencia en España durante la guerra civil de miembros de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, representantes del cuerpo diplomático, personajes con altos cargos en el gobierno cardenista, voluntarios en las Brigadas Internacionales, corresponsales de prensa o simples simpatizantes con la causa popular: un buen número de artistas mexicanos que desde su peculiar percepción  ideológica apoyaron la causa republicana. Su estancia en nuestro país no sólo les permitió conocer su gran riqueza monumental y artística, sino que les facilitó entablar amistad con otros colegas españoles produciéndose un intercambio de ideas, un estrechamiento de vínculos afectivos, de relaciones personales y una influencia que fue beneficiosa para ambas partes. De hecho, se forjaron lazos de amistad y de apoyo mutuo entre creadores de los dos países hermanos que alcanzaron su punto culminante tras la derrota republicana de 1939 y la gran oleada masiva de artistas a México que ésta desencadenó.

La gran cantidad de artistas que decidieron libremente y sin presiones establecerse en esta república americana que les apoyo y los acogió, convirtió este exilio en el más grande que la historia contemporánea recuerda y también el más representativo por la calidad profesional de sus integrantes, muchos de los cuales eran verdaderos maestros consagrados de la pintura, la escultura, el diseño, la arquitectura, la escenografía, la fotografía, la historia y la crítica de arte. Un hecho exílico sin precedentes en la historia que se produjo gracias a la mediación e intercesión del presidente Lázaro Cárdenas, de su equipo diplomático y de un gran número de intelectuales y artistas mexicanos que actuaron movidos por un ideal común de solidaridad, amistad y confraternidad con sus colegas españoles. Un gesto irrepetible que sacudió la conciencia artística del mundo entero cuyos protagonistas fueron un nutrido grupo de seres humanos excepcionales en su visión de entender las relaciones humanas, los lazos de cooperación y de solidaridad cuando el mundo se arrastraba a la mayor conflagración bélica conocida.

Las noticias del pronunciamiento militar contra el gobierno republicano del 18 de julio de 1936 avivaron la conciencia de una gran parte del pueblo mexicano, de los sectores de la intelectualidad posrevolucionaria y, sobre todo, de su gobierno, del cual se encontraba al frente Lázaro Cárdenas del Río, el más prestigioso líder mexicano del momento, quien condenó sin paliativos el golpe articulado bajo las premisas autoritarias del totalitarismo fascista. Llevado por su ideología revolucionaria se posicionó claramente a favor del gobierno leal republicano, tanto en foros como en organismos internacionales, denunció la actitud pasiva de las democracias europeas, autorizó el envío  de cargamentos de armas, no puso reparos a que muchos compatriotas se incorporasen en las filas de las Brigadas Internacionales o a las Brigadas Mixtas del Ejército Popular para que luchasen y, sobre todo, se mostrara hospitalario con los refugiados españoles abriendo las puertas de su país.

II

¿Cómo era el panorama artístico español con el que se encontraron los artistas mexicanos en plena guerra civil? En 1937, la actividad y la práctica artística en nuestro país, como es fácil de comprender, estaba totalmente paralizada, y en lo estético la poca poseía que se realizaba tenía un carácter propagandístico o estaba marcada por los estilos imperantes profundamente ideologizados. Se produjo un corte brusco con la tradición anterior al incorporarse en el panorama artístico el realismo socialista, una corriente artística auspiciada por los sectores estalinistas soviéticos cuyo propósito era expandir la conciencia de clase y el conocimiento de los problemas sociales y las vivencias de las personas.

Este fue el panorama artístico español con el que se encontraron los artistas mexicanos recién llegados que, a su vez, eran portadores de una estética nacionalista propia, gestada durante el periodo revolucionario y basada en la creación de un arte con principios modernos para expresar sus ideas a través de murales monumentales. Como era de esperar, las diversas tendencias artísticas coincidieron al mismo tiempo produciendo enconados debates en distintos foros, encuentros y congresos que tuvieron lugar por esas fechas. Encontraron aquí un escenario ideal para demostrar no sólo su valor combativo e idealismo revolucionario, sino la potencia inagotable de sus principios estéticos nacionalistas reflejados en la tradición muralista.

Los primeros en llegar fueron artistas aventureros antifascistas deseosos de combatir en las filas del Ejército popular, fotógrafos independientes y profesionales relacionados con diversos ámbitos de la actividad creativa. La mayoría lo hicieron por su cuenta, embarcaron clandestinamente en mercantes, se pagaron la travesía marítima, portaban escaso equipaje y les movía un fuerte compromiso ideológico antifascista. Destacó la presencia de algunos de ellos en las filas de las Brigadas Internacionales del Cuerpo de Voluntarios “Benito Juárez García” y el batallón “Pancho Villa”, creado tras el comienzo de la guerra civil como una unidad de voluntarios que combatieron en favor del gobierno legítimo republicano que se veía amenazado por el golpe de Estado fascista. Estuvo integrada por criollos, ex-revolucionarios, algunos soldados y ex-cristeros, así como militantes socialistas, liberales y comunistas. El número total nunca se supo, pero el encargado en dirigir al contingente fue Felipe Garrido Llovera, hijo del renombrado comunista mexicano y fundador de las Camisas Rojas, Tomás Garrido Canabal. Eligieron el nombre de “Benito Juárez” por el destacado político y reformista mexicano de mediados del siglo XIX. Una vez que llegaron a la base de Albacete pasaron un breve periodo de adiestramiento militar y poco después fue integrado en la XV Brigada Internacional. El contingente cesó sus operaciones en el año de 1938, con la retirada de los voluntarios internacionales y la disolución de las Brigadas en el mes de octubre de ese mismo año.

En la relación de artistas recién llegados y los que ya residían o estaban en España cuando se produjo el alzamiento, se encontraban los muralistas y pintores David Alfaro Siqueiros, José Chávez Morado, Carlos Tarazona Torán, Francisco Tarazona Torán, Antonio Pujol Jiménez, Juan Pérez del Muro, Gabriel García Maroto y su hijo Gabriel García Narezo; el gestor cultural, museógrafo y curador Fernando Gamboa, así como su entonces compañera, la periodista, gestora cultural y promotora artística norteamericana Susana Steel Leibowitz; el poeta y museógrafo Carlos Pellicer; el poeta, ensayista y diplomático Octavio Paz, y su mujer, la escritora y poeta Elena Garro: el escritor, político e historiador José Mancisidor, el escritor Juan de la Cabada; el músico Silvestre Revueltas; la fotógrafa Tina Modotti; la escritora y profesora María Luisa Vera; los críticos de arte, periodistas y corresponsales de guerra Andrea Iduarte Néstor Sánchez Hernández, Juan Miguel de Mora y G. Munis. Les siguieron otros menos relevantes pertenecientes a delegaciones gubernamentales, organizaciones antifascistas, sindicatos obreros y organismos revolucionarios mexicanos. Aunque se trataba de un grupo disperso y minoritario de creadores se consideraban ellos mismos los abanderados de las artes e intelectualidad mexicana, y de hecho lo eran, pues en las décadas siguientes marcarían los destinos culturales y artísticos de su país. No formaban parte, en cuanto ámbitos creativos, de un colectivo homogéneo, sino que había de todo, desde museógrafos (pasando por pintores y muralistas) hasta novelistas, poetas y alguno que otro historiador. Constituían un fresco amplísimo y fascinante de la creatividad artística mexicana que compartían la misma ideología revolucionaria, militaban en las filas comunistas y era acérrimos partidarios del gobierno cardenista.

III

La mayor parte de ellos viajaron en mercantes que arribaron a puertos franceses y, tras una breve estancia en Paris, lo hicieron en tren y en automóvil hasta la frontera española, pasando por Barcelona y estableciéndose en Valencia, la ciudad que mejores garantías de seguridad les ofreció y donde se encontraban el gobierno republicano, las embajadas y sedes diplomáticas.

A su llegada los artistas e intelectuales mexicanos recibieron una acalorada acogida por parte del pueblo llano y los medios de comunicación les dedicaron amplias crónicas y programas radiofónicos; fueron homenajeados por el gobierno y autoridades locales con distintos banquetes y almuerzos en restaurantes típicos de la ciudad y sus alrededores, tanto por la ayuda moral como material que estaban ofreciendo a la causa republicana.

El gobierno republicano les organizó conciertos musicales, exposiciones, conferencias y mítines políticos en diversas poblaciones bajo el lema de “México en España”. Así, el compositor Silvestre Revueltas dirigió en Madrid un “Homenaje a García Lorca” para diez instrumentos y un himno “México en España”, dedicado a los combatientes mexicanos de la Brigada 115. El escritor Juan de la Cabada fue invitado a publicar sus artículos en “Hora de España” y Octavio Paz entregó al poeta y editor Manuel Altolaguirre su libro de poemas “Bajo tu clara sombra”. Al mismo tiempo, se creó en Valencia en marzo de 1937, la Asociación de Amigos de México, filial de la que ya existía en Barcelona, y también se celebró un concierto de Revueltas.

En el ámbito artístico una de las actividades que promovió la delegación mexicana fue el montaje en el mes de agosto, en el Ateneo Popular de Valencia, de la exposición “Cien Años de Grabado Político Mexicano”, cuyo coordinador fue el artista, gestor cultural y museógrafo Fernando Gamboa. Se trataba de su primera muestra internacional y en su montaje participó su compañera sentimental Sara Leibowitz, con quien contrajo matrimonio al año siguiente. Se reunieron obras de los siglos XVIII, IX y XX, realizadas por los más destacados aguafortistas de aquel y llegaba hasta José Guadalupe Posada. De carácter itinerante, en septiembre se consiguió inaugurar la exposición en Madrid, en un momento sin duda poco propicio pues se estaban librando, en su ciudad universitaria y en los barrios periféricos, sangrientos combates a causa de una gran ofensiva nacional.

La Universidad de Valencia acogió en febrero de 1937, en su paraninfo, una multitudinaria charla, coloquio del pintor y muralista David Alfaro Siqueiros titulada “El arte como herramienta de lucha”, moderada por Emilio Gómez Nadal, sobre el sentido del arte mural y el compromiso ideológico de los artistas. Su intervención acaparó el interés de artistas e intelectuales de la talla de Antonio Rodríguez Luna, Arturo Souto, Juan Gil-Albert, Ramón Gaya, Antonio Deltoro, Miguel Prieto, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Max Aub, Moreno Villa, Josep Renau y su hermano Juan. La revista “Hora de España” publicó una crónica en la que señalaba que: “Ante una nutrida concurrencia el gran pintor mexicano Siqueiros nos ofreció un interesante resumen del arte de su país, alentó a la juventud artística española a utilizar sus conocimientos técnicos al servicio de la revolución, atribuyendo a la pintura un valor funcional”. Según recogió Juanino Renau en su libro de memorias “Pasos y Sombras”: “la multitud enfervorecida se emocionó hasta el delirio por la hermandad presentida entre los dos pueblos”. Finalmente, el Teatro Principal de Valencia, la sección de Artes Plásticas de la Alianza de Intelectuales, decoró el escenario con dos grandes retratos de los presidentes Lázaro Cárdenas y Manuel Azaña, cuya imagen acaparó la portada de diarios, revistas y noticieros cinematográficos.