Por Maximiliano Valle Cruz

Somos la generación del siglo que viene a morir

a los pies de otro siglo que anula la esperanza,

no porque sean años ciegos pesando sobre la espalda,

¡como si fuera el destino cobrando pecados cometidos,

por no sé quién, y heredamos cual deuda hipotecaria!

¡Que no te cuenten esas historias que nunca hicimos!

¡Que no te arrebaten saber por qué hoy morimos

agotados de lágrimas, silenciados en los rincones,

entre una pensión que condena a la agonía

o la caridad de los familiares y las políticas sociales!

Somos aquellos que pensaron en recuperar la tierra

para producir el pan y la libertad,

para conquistar la dignidad humana,

aún a costa de la propia vida;

también fuimos los que emigraron

del campo a las ciudades, al trabajo fabril,

como llamaradas encendidas e incendiarias

los que tomaron las calles

con reivindicaciones colectivas.

Libertad, igualdad y justicia fueron más que palabras:

estaban allí con el salario y las prestaciones sociales,

estaban allí en las luchas por derechos civiles,

en las demandas callejeras de jóvenes sin empleo,

en la desesperanza e ilusiones de las armas en mano

tanto en el campo como en las ciudades…

¡Y no importaron los muertos y las prisiones,

a unos los lloramos, a las otras las soportamos!

La cosa era inventar el mundo, transformarlo,

para los desheredados, para los desposeídos,

para todos nosotros que teníamos la esperanza.

Aunque allí muchos se quebraron,

pues no siempre se puede resistir,

aguantar las vejaciones o la compra de conciencias.

También somos los expulsados de la fábrica a la calle:

los que vendemos en cada esquina, en cada crucero

cualquier cosa, desde el cuerpo hasta el alma…

somos los que trabajamos “por cuenta propia”

o los que carecemos de educación, de iniciativa para los negocios,

al menos eso nos dicen, y nos acusan de evasión de impuestos.

¡Ah, pero eso sí, hija mía! Nunca dejamos de luchar,

de pelear, aunque sólo fuera a ratos!

y todo porque había que comer y pensar en ti,

y en todos aquellos igual que tú:

por eso te cuento esta historia

a la que se niega ser Historia,

porque no es acto oficial de funcionario o empresario.

Cómo ves, esta no es una historia de reyes y princesas

que dignifican a los opresores de otros tiempos

como modelos de amor y moralidad,

¡de sacrificio por sus pueblos!

verdadera negación de nuestro derecho a pensar y sentir

desde nuestras miserias provocadas por un régimen

que exalta la iniciativa individual negando la humanidad

de aquellos que han sido desheredados…

¡Claro que esa, también es nuestra historia!

la de los condenados a demostrar su humanidad

desde aquellos que fueron conquistados,

desde quienes son convertidos en menores,

o confinados al exotismo primitivo,

porque no son como sus conquistadores,

o no somos como el modelo que promueve el consumo

como signo universal de libertad e igualdad…

¡Qué pobreza de libertad e igualdad,

también coartadas por los míseros salarios

que garantizan las riquezas ajenas!

No somos más que objeto de uso para producir riqueza:

ojos desbordados ante los aparadores

en que se ofrecen maravillas salidas del trabajo,

andrajosos que esperan las ayudas sociales

a cambio de los votos para el partido en turno,

¡perdón, para ampliar la democracia representativa!

Pero eso sí, ya hemos llegado a la era de la igualdad,

no sólo de la productividad y la competitividad,

festinan desde sus oficinas quienes gobiernan:

todo, la vida, el trabajo, la educación, la salud, la vivienda,

están ya al alcance de todos,

son derechos universales…

sin embargo, la vida y su organización es un negocio

desde el nacimiento, la diversión y la muerte.

¡Al trabajo hasta le llaman decente en la era del desempleo!

Al trabajo, la educación, la salud, la vivienda,

como derechos, les atribuyen empoderamientos

que propician la igualdad de oportunidades,

y sólo quedan en artículos en las legislaciones,

pues en las calles la protesta, la rebeldía, es silenciada…

Seguimos siendo excluidos de la riqueza que forjamos,

pero eso sí, hay campañas para erradicar la pobreza.

Seguimos siendo los sin palabra,

¡bueno, hubo un tiempo en que la tuvimos

en la marcha callejera, en el mitin,

la colocábamos en las paredes,

en mantas y hojas volantes!

¡como anónimos poetas que elaboraban

consignas en catorsílabos que todos coreaban!

¡Cuánta historia moribunda como para que no se cuente!

Hoy se impone otro tipo de silencio,

(antes callabas para no denunciar al camarada,

o como última rebeldía para protestar por atrocidades,

para no herir a los que querías);

el silencio ahora tiene otro signo:

callas para encontrar un sitio en la escala de poder,

callas para estar a tono de las exigencias

de los estímulos por productividad y para el ranking…

y de nuevo, la necesidad aparece aplastando la libertad,

quebrando la conciencia con oprobios y cicatrices,

sin dolor y sin vergüenza, sin lágrimas ante traiciones,

pues sólo se trata de competir y triunfar,

para ser uno mismo por encima de los demás…

La historia que te cuento es para que no olvides

que un día quisimos un mundo mejor,

pero no logramos construirlo, ni podemos contestar

por qué no lo hicimos;

lo que sí te puedo decir, es que lo intentamos,

que quizá nos traicionamos a nosotros mismos

cuando dejamos de luchar, cuando callamos,

y nos quedaron las lágrimas para sorber nuestra amargura

con la convicción de que ustedes, nuestros hijos,

aprenderán de esta historia y lograrán gritar y llorar

con los mismos labios en que derramarán sus besos,

con esos ojos en que estallan las pasiones y esperanzas

¡para intentar construir el mundo, de nueva cuenta!

Por lo pronto, heredo lo que he vivido sin métrica ni rima,

para arrancar, a las lágrimas, las palabras silenciadas…