Por Claudia Pose

 

Ilustradora: Claudia Pose

Creció a cielo abierto, con estrellas como techo y hojas como cobija.

La selva era su mundo. No había flor o maleza que no conociera. Cada sonido, cada viento y cada aroma la componían. Eran una; ella y su entorno.

Un día gris, dormida entre las plantas, llegaron unos hombres y en un descuido la atraparon.

La metieron en un frasco. Lujoso, pero casi tan frío como la más fría noche del peor invierno.

Y la entregaron a una mujer con aires de princesa.

Ella la puso sobre una repisa, en un cuarto lleno de espejos, pero sin sol.

Una noche, empujando el tapón del frasco mal tapado, logró escaparse.

Lo que en verdad la asustaban eran los ruidos. Mundo extraño aquel, sin aromas a flores ni animales.

Vagó y vagó por entre ese mundo en soledad.

Un verdor inmenso, condensado surgió de la nada, y la sorprendió. Un pulmón gigante a través del cual respiraba esa loca ciudad.

Agotada se acurrucó en la copa de un árbol.

Una criatura llamó su atención. Cabello rojo como el sol al caer la tarde, ojos de tierra, del color de su tierra. Y esa risa…

Ilustradora: Claudia Pose

Pájaros, monos, picaflores: todos los sonidos condensados en ella. Como un concierto de vida. Así era su risa, y evocaba todos los colores de su mundo.

Se pegó a ella como la mariposa a las flores, como el zumbido al viento. Era casi su sombra. La niña no la veía, pero ella podía asegurar que la sentía. Sentía su perfume y lo disfrutaba, se envolvía en él, tanto como ella se sumergía en la risa de la niña.

A medida que marchaba una estela de flores quedaba a su paso.

De a poco, sin saber cuándo, comenzó a tomar color. El rojo del cabello de la niña, el marrón de sus ojos, el amarillo de la luz que la inundaba.

De a poco, sin saber cómo, fue desvaneciéndose, perdiendo su forma.

De a poco, sin saber por qué, ya sin miedo, se transformó en una flor. La flor más amada de la niña.