Por Jorge Meneses

Amnesia

Para Eder Meneses

— ¿No recuerdas? ¿No recuerdas cuando éramos niños, papá se volvía malo, corrías hacia donde yo estuviera y me abrazabas para protegerme? — preguntas y yo asiento, aunque trato de recordar algo, pero es inútil.

— Pero, ¿qué vamos a hacer? — pregunto y señalo el agujero por donde el agua se filtra rápidamente.

—No hagas caso— dices, luego te miro y el sol de la tarde ilumina tiernamente el lado izquierdo de tu rostro. Eres casi un niño—. ¿De veras no te acuerdas? — vuelves a preguntar —, ¿ya no te acuerdas cuando éramos niños y jugábamos? Tú eras el malo y yo el bueno, pero yo me rendía rápidamente, y no porque tú hicieras los méritos suficientes para ganar, sino porque yo te admiraba y no soportaba decepcionarte —dices y yo asiento. Sigo sin recordar algo. No hay nada.

—Pero, ¿y las sirenas?— pregunto y señalo a una de ellas, la que me parece ser la más feroz de todas y nos mira, impasible, mientras el resto nada en círculos alrededor de nosotros, y ansiosas desnudan sus fauces llenas de colmillos, entretanto nuestra embarcación se hunde cada vez más.

—Sí, niño, ¿y las sirenas? —te reta una de ellas, de ojos grises.

—No hagas caso— gritas mientras yo miro a los monstruos que ya se relamen los labios —. ¡Hermano, hermano, mírame! —gritas, y nuestra endeble embarcación comienza a desmoronarse. No queda sino un ligero soporte —. ¿No recuerdas? —gritas, desesperado, y con tus manos llevas mi mirada hacia la tuya, que ya está llena de lágrimas, entretanto una de las sirenas te ha tomado por los hombros —. Hermano, hermano, ¿no recuerdas cuando…

Para malcriados

Dicen que el viejo capitán del “París se quema”, se comía a los subalternos que osaban desobedecer sus órdenes, a veces insensatas, y que prometió, nunca, nunca abandonar su nave. Prueba de ello es la mano putrefacta que aún dirige la embarcación que se aparece en sueños húmedos de niños que se portan mal.

Monstruo marino

De un relato se fugó una gran ballena que llevaba, dentro de sí, a un profeta desobediente; de otro, un cachalote blanco que perseguía a un barco, y de uno más, un pez espada que atormentó a un anciano. Del mío… ¡oh, Dios mío! ¿Qué he hecho?

 

Ninfomanía

Caliente aún (el sol no le llenó), la mar le hizo el amor a la luna.