Por Jorge Meneses

Mi padre fue un hombre violento y, en cierta medida, yo también lo soy. No me avergüenza, aunque si tuviese un asesor de imagen, cosa risible — la única imagen de mí que encuentro a diario habita en el espejo que se encarga de revelarme asimétrico —, me hubiese amonestado: no es políticamente correcto decir que soy como mi padre, o que soy violento.

— ¿Por qué no? —preguntaría desconcertado y quizá un poco triste.

— Porque no se debe desairar a la convención.

— ¿Cuál convención? ¿Por qué no me invitaron?

Como todo hombre violento, mi padre era muy dogmático y me obligaba a escuchar misa todos los domingos, no sin antes entregarme a las hábiles manos de un viejo que tenía una peluquería muy cerca de la iglesia que detesté por tanto tiempo.

— Casquete corto —ordenaba mi padre, militar frustrado que quiso hacer de mí la tabla de salvación de todas sus aspiraciones rotas.

Y así, pelón y enojado, escuchaba misa deseando partirle la cara a mi padre, aunque el pesara poco más de 90 kilogramos y yo… ya no recuerdo cuántos kilos pesaba yo, pero no era delgado.

Crecí con la certeza de que existe un cielo para los pobres, para los conversos hipócritas, para los humillados, para los que, como Peter Pan, tienen un espíritu de niño y detestan crecer y por eso siguen viviendo con sus padres a pesar de tener 45 años; supe que hay un cielo para los que ponen la otra mejilla y para aquellos sabios que se alienan a la tiranía y le dan espaldarazos, aquellos que no cuestionan a la convención para evitar el exilio o la tortura, los que reciben becas, premios y aplausos de otros alienados. Al mismo tiempo crecía sabiendo que Luzbel, el ángel caído, representaba el mal en el universo, y el infierno, su hogar, un sitio para los orgullosos, para los que no se inclinan; para Aquiles e Ícaro, Prometeo y Emma Bovary, y acaso para Dmitri Karamazov, claro, si es que a este no lo mandan a otro sitio más oscuro por decreto papal.

— Pero, ¿no es la oscuridad en donde habitan las cosas que luego son reveladas y más tarde aceptadas por todos? — pregunté a mi maestra de catecismo, a quien, de no haber sido yo muy mojigato, le hubiese hecho partícipe, mediante cartas, de las fantasías sexuales de las que ella era objeto. Tenía yo 10 años, pero entonces ya veía pornografía a escondidas de mis padres. En mi “lugar especial” hallábanse miles de recortes de mujeres semidesnudas que arrancaba de las revistas de chismes que mamá compraba.

Pronto me di cuenta de que lo verdaderamente importante no eran el dinero, el éxito o la fortuna, quizá sí la salud, sino la lucha eterna que llevaba milenios siendo trabada entre el bien y el mal. Había que tomar partido sí o sí, porque los tibios como Poncio Pilatos van al purgatorio a expiar sus culpas (la primera vez que alguien mencionó “purgatorio”, pensé en un lugar terrible sí, pero no a la manera tradicional. Pensaba que durante la eternidad sufrirías de diarrea hasta que Dios aliviara el padecimiento).  Una lucha entre Dios y el demonio coexistía en todos los planos de nuestras vidas. Ambos con partidarios, uno más que el otro, pero mientras los adeptos del malvado no luchan ni emprenden guerras en su nombre, los otros, supuestamente más rectos y justos, se habían encargado de sembrar los campos con guerra y los hogares con discordias. Pobres Caín y Abel.

Mi padre se fue de la casa cuando yo entraba en la pubertad y me preocupaba mi pene.

— Si no lo tienes grande entonces eres maricón —decían mis compañeros encerrados en el baño luego de la clase de educación física, mientras, orgullosos de sí mismos, mostraban uno al otro sus miembros erectos. A mí eso me consternaba: en casa podrían golpearme si se enteraban que yo era un potencial homosexual. Ya existía Internet pero no era un medio al alcance de todos. Seguía yo utilizando Encarta, Wikipedia era algo lejano. Mi padre se fue de la casa mientras yo buscaba e intentaba métodos para hacer crecer mi pene, porque pensaba: “los homosexuales tampoco caben en el Paraíso. Tan solo hay que ver el episodio bíblico de Sodoma”. Pero hoy me da alivio ver que las regulaciones gubernamentales, a pesar de la férrea oposición y los berrinches de la iglesia, han cambiado y pronto todos cabremos en el Paraíso. Una preocupación menos.

Yo tenía 18 años cuando me agarré a golpes con mi padre. Fue por una cosa nimia: él me regaló una playera original del Valencia F.C. Esta me quedó muy justa y me incomodaba de sobremanera que mis 5 o 6 kilos de más que tenía entonces se viesen expuestos. Desairé a mi padre y le dije que no me gustaba. Mi padre, violento —cuando yo tenía 8 años, ahora recuerdo, me pateó hasta el cansancio por un recado escolar: “Se durmió en clase”—, se dejó ir contra mí. Con sus manos gigantes me tomó por el cuello mientras una de sus rodillas trataba de alcanzar mi plexo solar o mis testículos, no recuerdo muy bien. Yo, como pude, le tiré dos o tres golpes al rostro. No fue sino hasta que mi madre y mi hermano intervinieron que mi padre me soltó —hoy mi hermano se arrepiente de haber seguido una carrera militar, aunque está próximo a retomar sus estudios universitarios. Le gustaría ser doctor o científico, o filósofo—. Desde entonces, o quizá ya desde antes cuando quiso matar a mi madre con un cuchillo, le guardé un rencor que primero fue odio, un odio que le deseaba la muerte o provocársela. Sí, fui y sigo siendo un mal católico.

— Pero tú no debes odiar a tu padre —me dijo alguien en alguna ocasión ya distante.

— ¿Por qué no? —pregunté sorprendido, no tanto por el descaro que representaba para mí esa pregunta, sino por la naturalidad con la que mi interlocutor se dirigía.

— Porque es tu padre —resolvió tajante.

—Qué bueno que no fue el tuyo —atajé.

No fue el único que me sugiriera aquello. Familiares, amigos y conocidos frecuentemente me acusaban de insensato, quizá suscribiendo los mismos dogmas con los que mi padre creció en mil novecientos setenta y tantos.  No fue sino hasta que fastidiado de la insistencia reflexioné: ¿Soy acaso un mal hijo? (“Padre, ¿por qué me has abandonado?”, pregunta Jesús en la cruz.). Y estaba por rendirme ante los principios y normas de mi férrea educación católica, ante el concilio de Nicea si se quiere ver de esa forma, cuando entonces pensé en el demonio. No soy satánico, pero admito que entonces pensé en él. “¿Y si él, como yo, hubiésemos sido injustamente etiquetados?”, pensé. Porque el demonio antes de serlo fue un ángel, el más bello, por tanto creación de Dios, un hijo, la luz de los ojos de su padre. Sin embargo, solo tenemos la versión del padre, la oficial, porque al hijo lo hemos desacreditado pues su juventud es sinónimo de orgullo e inmadurez, y pareciera, se necesita cierto grado de madurez para contar una historia, como si madurez y verdad fuesen parte de una ecuación que puede contrarrestar los años de la ignominia y la violencia. “¿Tú qué me vas a decir? No has vivido lo que yo he vivido”, me dijo alguna vez mi padre ebrio.

No ha sido escuchada la versión del hijo, del rey de la oscuridad, aun cuando en lo lobreguez habitaron, y habitan, las cosas que damos hoy por hechos: la tierra gira alrededor del sol y no es cuadrada y no la cargan ni las tortugas ni Atlas. No se ha dado el beneficio de la duda al hijo malvado que fue condenado al abismo, porque no casi nunca estás preparado para ver caer a pedazos la oficialidad de la historia.  Yo no estaba preparado —aunque hoy sí —, para considerar que el demonio, hijo de Dios (¿no vale más para el Señor una oveja descarriada que un rebaño?), guarda el más profundo resentimiento hacia su padre por causa de una razón desconocida, que no por ser desconocida deja de ser siniestra. Porque cabe preguntarse, ¿por qué alguien en apariencia malo, cruel y oscuro, como supuestamente es del demonio, fue seguido por otros brillantes hijos de Dios a pesar de saber cuál era el castigo y la pena? ¿A qué viene todo este mito oficialista de la eterna lucha entre el bien y el mal? ¿Para qué? ¿Acaso no será que estos otros hijos de Dios vieron la iniquidad, la afrenta, las tropelías y los atropellos cometidos por un padre todo poderoso a un hijo antes muy querido y siguieron al ofendido? ¿Acaso no se ha escrito que el Paraíso es de los ofendidos y humillados? Cuántas contradicciones en apenas unas líneas, ¿cuánta cabra en los milenios que ha ocupado el hombre?

Yo me atrevo a pensar que el demonio no es el mal, al menos no debería serlo por antonomasia, lo mismo para Dios y todas las cosas en el mundo que se dan por sentadas: arriba, abajo, negro, blanco, izquierda, derecha. Cuánto le debemos a la convención y sin embargo la suscribimos a diario: quiero un título universitario, quiero un buen empleo, una casa bonita con pagos chiquitos, un automóvil porque ya no soporto el metro y el Uber me está sangrando la quincena. Pero quién sabe, quizá estas preguntas solo caben en mí, y está bien, el resto no tendría por qué preocuparse por estas trivialidades.  Pero, como quiera que sea, todo me parece muy sospechoso. Ya lo dijo un filósofo mexicano: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba”.