Por Amílcar Bernal Calderón

(Villa de Leyva, Colombia)

 

             Estaban sentados en el andén frente a la puerta del hotel, anoche cuando llegué a acostarme después de haber cansado el día. El crepúsculo es el lapso en que se envejece más rápidamente, y la noche es un remedo de sepulcro. La muerte, como un charco de atardeceres negros y noches sin sueños, es un hospedaje pagado con las ilusiones que no se cumplieron.

            El niño jugaba con una matica de rastrojo que se asomaba por una grieta de la acera como una luz tímida saliendo de un ojo japonés, y se notaba tan pensativo que no tuve más remedio que concluir que cuando creciera iba a ser agrónomo. Estaba tan flaco como un cabello y la barriga abultada hacía que la camisita se le acortara y se le alargara, se le acortara y se le alargara cuando el aire entraba y salía de sus pulmones. Su piel tenía el tono moreno de las astillas de canela, y el pantaloncito corto dejaba notar que había tenido otro dueño cuando era largo. La mamá lo vigilaba mientras escuchaba a su marido decirle a la dueña del hotel que por favor les hiciera una rebaja en el precio del hospedaje, porque el dinero que tenían apenas les alcanzaba para llegar al día siguiente a la capital. Estaba embarazada de su segundo hijo, y en el camino, por la prisa y el miedo que los abrazaba como una mantarraya gigantesca y oscura, no había tenido tiempo de pedirle a su marido que cantara un bambuco cerca de su barriga para que la criatura naciera contenta. Si uno le limpiara el rostro, ahora una costra de polvo y sudor, podría percatarse de que era una mujer bonita con el cerebro lleno de pensamientos atormentados. El hombre escarbaba en un morral y miraba hacia arriba diciéndole a la dueña que esa misma mañana tuvieron que salir corriendo de su parcela monte adentro, señaló hacia atrás como quien enrolla un sendero, esa, la tierrita que su tatarabuelo compró a uno de los primeros colonos y fue pasando de hijo en hijo hasta llegar a ser suya, y ahora de los testaferros del alcalde. No me pregunten por qué pero yo no le vi facciones: todo él era un paréntesis vacío donde apenas cabía la sospecha del desempleado que iba a ser.

            El aire parecía un tejido de hilos grises, y por sus ralas costuras goteaba el agua turbia de unas promesas sin destino.

            Esa mañana, dijo, llegaron los milicianos del otro color y les dijeron que levantaran sus corotos y se fueran lejos, porque si al anochecer no se habían ido los iban a matar los del color de siempre. Que no se preocuparan, que los de la Beneficencia los encontrarían donde estuvieran, unos meses después, y les iban a pagar lo que costaba la tierra (él miró al comandante con unos ojos que desconocían la aritmética e ignoraban cuánto pagó el tatarabuelo por la tierra originaria, y cuánto se había desvalorizado ese dinero que entonces equivalía a un poquito de oro y ahora era sólo un papel esquivo), o les iban a dar una constancia de su procedencia y la razón de su estampida para que los del gobierno les dieran una casa a las afueras de la capital y un certificado para conseguir trabajo. Que agradecieran el favor que les estaban haciendo pues esa tierra estaba cansada de producir comida y ya sólo servía para sembrar esa palma utilizada para fabricar el combustible de los camiones.

            Ahora necesitaban dormir un poco, si el hambre los dejaba, y por la mañana irían a la terminal de los buses a tomar uno que los llevara a la capital. Él creía que allá vivía una tía de su mamá que emigró hace tiempo, y estaba convencido de que la iba a encontrar para que los recibiera, aunque desconocía su dirección. Yo sospeché, escuchando esta parte de su monserga, que él creía que la capital era una casa grande y que preguntando por su tía la iba a encontrar en uno de los cuartos cercanos.

            Hacia las once de la noche, mientras leía para buscar el sueño que no llegaba, lo escuché cantar un bambuco e imaginé que una barriga gorda recibía su mensaje amoroso y la mano de una mujer hecha de canela y lágrimas le mesaba los cabellos con una ternura que nadie podría arrebatarle.

            Por la mañana los oí gritar en coro muchas gracias, y si tuviera un ojo que atraviesa paredes los habría visto irse tomados de la mano, el niño con una ramita verde en la mano, la mujer pensando en la suerte del hijo que iba a nacer y el hombre con una rabia contagiada de miedo que no tenía forma de saciar.