Para Cristina

Por Gerardo Rayo

El gris de la piedra se expande conforme avanzan los segundos. En este cuadro todo parece gris, todo es gris: las nubes, los pájaros, las montañas, los sueños e incluso los árboles. La neblina por fin se ha ido y se alcanza a percibir la silueta de un unicornio.  Sus patas delanteras le sirven de apoyo para permanecer recostado sobre el pasto gris. El cuerno se impone al paisaje y brilla, resplandece, como el parpadeo de las estrellas: es también de un color gris, pero ligero y con destellos que lo hacen parecer aún más claro.

Desde este lugar sólo el viento habla, a ratos eleva su canto hasta ensordecer, a ratos da la impresión de que murmura. Ahora lleva tal fuerza que arremolina la pesada cabellera del unicornio, la lleva de un lado a otro de forma caótica.

Una gota cae con velocidad y resbala por el flanco izquierdo del unicornio, baja lentamente. Desde otro ángulo parece que las gotas son lágrimas producidas por la nostalgia, nostalgia llena de suspiros y de palabras tiernas. Parece como si el unicornio llorara por aquella mujer que estremeció sus sentidos, por recordar el suave aroma que despedía su cabello, aroma delicado como el de los alcatraces en mayo, mes en que observó por primera vez esa sonrisa. Su timbre de voz era dulce y cuidadoso, y sólo ella no era gris, era de infinidad de colores, tantos como si ella misma, por sí sola, fuera la compensación a todos los tonos grises que ambientaban pesadamente ese lugar. Ella, al caminar, revivía los colores y las sensaciones…

¡Pero no, no es una lágrima! La lluvia expresa toda su fuerza sobre esta colina gris, llena de árboles grises y de noches descoloridas. ¿O quizás si sean lágrimas? Es difícil saberlo, aquí todo es gris.  El unicornio suspira y no deja de mirar al horizonte, con la esperanza de que ella vuelva algún día y se lleve para siempre los estúpidos tonos grises…