Por Rosa Via

El sonido con el que siempre había convivido parecía intensificarse, en ocasiones el camino se tornaba estrecho revelando su caudalismo, sucedía todo lo contrario cuando extendía su magnitud fluvial por amplios senderos, entonces, el silencio encubría su profundidad. Era el momento que más disfrutaba desde el inicio de este largo recorrido en las alturas del Lago Chinchaycocha, se llenaba de poder, recibiendo volumen de hermanos afluentes sin olvidar la gran tarea delegada: rociar con sus humedales brazos su queridísimo Valle del Mantaro.

El movimiento ondulante a cada paso, atrapaba miradas de campesinos agradecidos por su majestuosidad, mirando al cielo, rogaban que la abundancia permaneciera, asegurando el riego del campo laborado, condición necesaria para sentirse revitalizado; atrás habían quedado los días de friaje invernal que disminuían su torrente acuoso, ahora la vida dentro de sí se multiplicaba, se convertía en cuna productora de peces desconocidos y pequeñas truchas, despreocupadas y entretenidas reconocían su hábitat  lleno de algasy sargazos.

La quietud le permitió descubrir en sus orillas algunos árboles chuecos y añejos, otros bisoños y verdosos, todos transformados en albergue de nidos pequeños cuya madre voladora trabajaba sin descanso en la recolección de frágil palizada, esta revelación despertaba esperanza, el cántico de esta volátil comitiva podría sumarse al eco generado por su rastro,  reproduciendo  una melodía natural, percibido como un arrullo porel, tímido rebaño cercando sus riberas, próximos, sus dueños yacían sentados o aprovechando su traslúcida pureza para lavarse por dentro y a la vez enjuagar la triste vestimenta.

Más adelante, consciente de los kilómetros recorridos, no todo era vida, algún puente mal ubicado o la irresponsabilidad de quienes se nutrían de sus fértiles valles, los hacía desbarrancarse de sus caminos de asfalto para terminar siendo arrastrados por la feroz corriente que su naturaleza no dejaba de lado; cuestionaba su capacidad, la superioridad se anulaba, cuando hombres, animales, mujeres y hasta niños finalizaban sus días ahogados.

Conocía la rigidez del devenir, del avance de los días, su moderado nacimiento en los deshielos alcanzaría el desenlace fatal que su actual copioso estado temía, presentía lo que más adelante encontraría al atravesar los yacimientos mineros, corruptos contaminadores de otros compañeros fluviales; seguía su vía y ya había visualizado el tono anaranjado que cubría el suelo de La Oroya, consecuencia de los minerales extraídos que en forma de llovizna microscópica invadían el ambiente de aquellos empinados cerros. Sintió el pavor aniquilador, sofocante, embargador de la batalla final, era momento de la verdad, si cruzaba este tramo sin que la polución oscureciera sus diáfanas aguas podía seguir su curso en busca de más aventuras que le permitan seguir su historia; pero la esperanza no puede trascender los límites de la realidad y el espíritu de este río quedó impuro y represado como se puede leer en algún informe olvidado del experto kayakista Jaime “Rocky” Cantos, fundador de la organización Observa Ríos, quien asociado a otros peritos ratificaron la muerte de otro río.