Por Nancy Emilse Riquelme Nova

(Región de la Araucanía, sur de Chile)

           —¡Madre! ¡Nos cortaron el agua! —La carrera de Ignacio lo dejó sin aliento. Alcanzó a llegar donde su madre para informarle la mala noticia.

—¿Qué dice, hijo, por Dios? —pregunta doña Juana Melinao, una mujer morena, baja, de pelo largo tomado en una cola de caballo, rostro curtido por el sol.

—Fuimos con mi padre hasta la quebrá buscando dónde la habían cortado, madre, pero la vertiente está seca.

—¿La vertiente de la quebrá?

—Sí, madre. Hasta allá llegamos. Nos fuimos andando, porque el caballo está echado y no se quiso mover. Mi padre dice que está deshidratado, desde anteayer que no toma agua.

—¿Y la vaca? ¿Cómo está la vaca y su ternerito? —pregunta con angustia doña Juana.

—Mi padre no le pudo sacar leche hoy. Dice que sólo hay pa’ alimentar la cría.

—¿Y la yunta de bueyes? ¿La vio su padre?

—Están echados a la sombra. ¡No sé qué vamos a hacer, madre! Las ovejas tampoco pastan. Están sombreando, como si estuvieran enfermas. —Ignacio se sienta en el piso de ñocha y se toma la cabeza con ambas manos. Su gesto denota que se avecina un gran problema para la familia.

Ignacio es el hijo mayor de la familia Catrilao Melinao. Va a la escuela cuando puede, porque ayuda a su familia en los quehaceres del campo. A sus escuálidos catorce años tiene claro que su padre es un hombre enfermizo y que tal vez le quede poco tiempo. Su madre, doña Juana Melinao Cayul, es mayor que su padre; aunque aparenta ser muy saludable, a veces Ignacio la ha sorprendido quejándose a solas de malestares que ella no sabe qué son, ni qué consecuencias le pueden traer.

Las hermanas menores, Carmen y Rosa, ayudan a su madre en las labores hogareñas, a su padre en los quehaceres del campo y van a la escuela más a menudo que el hermano mayor.

¡Es que Ignacio es el hombre de la casa, después de su padre!

La familia Catrilao Melinao vive en el campo, en un sector aledaño a María Ester. La ciudad más cercana es Victoria, una comuna de la región de la Araucanía, al sur de Chile. Ellos disponen de lo que les da el cultivo del campo para vivir: sus animalitos, sus siembras, las verduras, que cultivan todos y que llevan al pueblo a vender; los huevos que obtienen de la postura de las gallinas. Cuando la producción de la leche es buena, hacen el quesillo; a veces hacen queso, que tiene mejor precio, pero que se tarda más en la elaboración.

Cuando van a ir a vender a Victoria, doña Juana hace tortillas de rescoldo, que le quedan bien ricas; si tiene trigo, puede tostar y hacer harina tostada. Si hay trigo crudo, lo muele y hace locro, para la cazuela o la sopa. A veces hace catutos, pero la gente los compra poco, porque no los conocen. Guarda el choclo seco para hacer chuchoca, que se le agrega a la cazuela de pava. Recoge la semilla del cilantro y la vende en paquetitos, igual que el orégano seco, el tomillo, la albahaca.

Con la esquila de los corderos, saca la lana, la lava y se pone a hilar; así obtiene la lana cruda de oveja.

También recoge algunas hierbas y semillas y realiza el teñido. O junta las cáscaras de cebolla, con la que tiñe y le da un color muy lindo a la lana blanca. Si las ovejas tienen lana café o negra, no necesita teñirla. Si no vende la lana, teje calcetines, gorros, bufandas o chompas, que vende en invierno. De esa manera, obtiene dinero para “las faltas”, que son los enseres de casa.

Aparece el padre, rengueando penosamente, afirmado en un rústico bastón.

—Es la artrosis que me tiene jodío —me dice— y la ciática que me ha cargado fuerte.

Observo su rostro moreno, curtido por el viento y el sol, igual que a su mujer y sus hijos. Raza morena- pienso- raza maltratada por la injusticia social.

—¡Ya no tenemos agua! —me dice con un hondo suspiro— y comprendo la magnitud de su preocupación. El agua es vital para todos —continúa—. ¡Imagínese!, los animalitos, las aves, las plantas, nosotros mismos, todos necesitamos este vital elemento para vivir. Y si se nos acaba, es como que se nos acabara el aire, los alimentos, la vida misma.

  • ¿Y qué ha pasado, don Ignacio? ¿Es por la sequía?

—La sequía ha hecho su parte, pero lo peor lo han hecho los jutres que se instalaron a vivir poco más allá, en lo alto, ¡y necesitan de mucha agua para sus lujos!

  • ¿Cómo es eso? —pregunto con gran interés.

—Hace un tiempo atrás empezaron a edificar casas gradasas, rebonitas, usaron harta maquinaria pesada. Ahí el agua empezó a mermar. Pero nosotros, los de la comunidad, encontramos unas reservas en la quebrá del bajo, una vertiente; queda relejos, eso sí, pero salía agua fresquita y pura. Más acá pasaba un esterito, que cuidábamos harto, porque en verano adelgazaba mucho. Y cual más cuál menos, teníamos un pocito en el predio, que nos servía pa’ los menesteres de la casa y pa’ los animalitos. Pero ahora, hasta el pozo se secó y eso que el año no ha sido tan seco.

Fíjese que empezó esta sequía cuando estaban construyendo esas inmensas casas que yo le cuento. Mi hijo el Ignacio y otros jóvenes se acercaron a ver qué tanto hacían. Por entremedio de los matorrales se asomaron ¿y sabe que encontraron una laguna donde la juventud se bañaba?

—Pero, esa laguna… ¿estaba de antes?

—¡No! Trajeron esas excavadoras que les llaman y la hicieron, pero le pusieron un material adentro que quedó como una batea forrá, muy grande, donde caben hartas personas bañándose.

—¿Una piscina?

—Seguramente así le llaman los jutres. ¡Pero que ocupa toda el agua que nosotros necesitamos para nuestros animalitos y plantas! ¡Si no tenemos agua, no tenemos qué comer ni con qué vivir! El agua es vida pa’ los humanos, sobre todo pa’ los campesinos.

—Y eso, ¿lo han conversado con los demás vecinos?

—Sí, nos hemos juntado todos. Primero estuvimos haciendo unas rogativas, pensando que era problema de la naturaleza, la sequía misma. Pero cuando ya supimos que estaban ocupando el agua en divertirse, nos molestamos y fuimos a hablar con la autoridad.

—¿Y cómo les fue?

—¿Cómo cree usted? ¡Mal nos fue! La autoridad nos recibió con mucha cortesía, dijo que estaba atento a todas nuestras necesidades, que los pueblos originarios tenían prioridad en sus políticas públicas, pero cuando le planteamos el problema y le dijimos en el sector que nos encontrábamos, le cambió la cara, dijo que no podía hacer nada, que ellos eran gente importante y que habían pagado todos los derechos. Luego, una persona que tenía cerca nos mostró la puerta y nos hizo salir.

—¡Mmmmmmm!

—Como no nos dimos por vencidos, decidimos ir a conversar con los jutres, a ver cómo nos recibirían. Formamos una comisión y nos dirigimos, loma arriba, en medio del calor que parecía que nos iba a derretir. Llegamos boqueando allá.

—¿Y cómo fue la recibida?

—Había dos jutres con terno, corbata y pistolas, custodiando. En cuanto nos acercamos, nos apuntaron con sus armas. Les dijimos que íbamos en son de paz, que queríamos hablar con los dueños. Primero dispararon al aire y luego nos apuntaron. Dimos la vuelta y nos volvimos, humillaos, enrabiaos a más no poder. ¿Cómo no nos iba a dar rabia? Las tierras, que fueron de nuestros antepasados, ahora servían pa’ que la chiquillá desperdicie el agua bañándose y tirándola y nosotros, muriéndonos de sed, atravesando esas lomas pelás, sin probar una gota de agua. La mayoría de los que fuimos, regamos el terreno ajeno con nuestras lágrimas.

Don Ignacio se agacha, emite un sonido gutural que más parece llanto y luego se pasa la mano por la cara. ¡Lágrimas de hombre viejo! ¡Qué escena más dolorosa!

Levanto la vista y veo que la familia está a su lado: su mujer, su hijo y sus hijas. Cada uno de ellos se seca la cara con la mano, agachados y en silencio.

Pienso en el profundo dolor de esta familia y en la impotencia de no encontrar una solución a su problema. Y como ella, ¿cuántas otras familias están sufriendo lo mismo?