Por Jessica Amairani Tello Balderas

En una carta que Vladimir Maikovski envió a su querida Lili Brik en febrero de 1917, el poeta le describe brevemente a Brik los detalles de sus actividades artísticas en el Café de los Poetas y como su ambiente alegre le recuerda a la atmosfera reinante del Perro en sus primeros tiempos.[1]

El café el Perro vagabundo reunió, llegada la media noche, tres veces a la semana durante cuatro años a poetas, pintores, músicos, directores y actores de teatro, en el sótano de una casa ubicada en la calle Italia y la Plaza de Mijailovski en San Petersburgo. Las andanzas empezaron el 31 de diciembre de 1911 gracias a la idea de Boris Pronin director y actor de teatro.

El particular nombre con el que fue bautizado el lugar fue idea del escritor Alexei Nicolaevich Tolstoi; mientras buscaban un lugar apropiado para el café, se identificó junto a sus compañeros con los perros errabundos, sin casa, que buscan algún abrigo en las blancas noches petersburguesas.

El Perro destacó desde el comienzo por la exclusividad con la que iniciaron las reuniones, únicamente artistas podían ingresar al lugar. Para crear el espacio de manifestación artística, ellos mismos trabajaron para lograr ese ambiente fascinante que caracterizó al Perro; los virtuosos intelectuales y artistas eran recibidos con un techo y paredes decoradas por el pintor Serge Sudeikin y Nicolai Kulbin, poetas como Anna Ajmátova, Osip Mandelstam participaban leyendo sus poemas mientras un Maiakovski ganaba algún volado.

Poco después, el público pudo entrar al Perro, una vez que pagaban la cuota de rigor exclusiva para los “farmacéuticos”, como les nombraban para enfatizar las diferencias, entraban a formar parte de la  entusiasmada concurrencia, no sin antes asombrarse de todo cuanto veían. Las veladas eran variadas y la fama del sótano literario atrajo a distintas personalidades como al poeta Filippo Marinetti.

En 1915 el Perro vagabundo fue cerrado por disposición de la autoridad militar de Petrogrado, argumentando que en el lugar se realizaba un comercio ilegal de bebidas alcohólicas, infringiendo las disposiciones de la “ley seca” introducidas desde el principio de la guerra de 1914.[2]

El Perro vagabundo se volvió un símbolo de los intelectuales y artistas de principio del siglo XX, que influyó en buena parte de las actividades culturales posteriores; durante la Revolución de Octubre, se retomó la idea básica del Perro vagabundo; los autores recitaron sus poemas desde la tribuna o diversos estrados que se improvisaron en algunos cafés.[3]

Serge Sudeikin, Cabaret halt of comedians, 1915.

Tiempo después de que las veladas en el Perro vagabundo llegaron a su fin, entre 1916 y 1920, el mismo Boris Pronin, intentando llenar el vacío que dejó el Perro, patrocinó el Ático de los comediantes, en dónde se realizaban con frecuencia representaciones teatrales; curiosamente el Ático abrió sus puertas al público en general, los artistas se mostraban a éste sin objeción.

Otro lugar que abrió sus puertas, inspirado en las emotivas reuniones del Perro vagabundo, fue el Café de los poetas que estuvo activo al mismo tiempo que el Ático. En éste café, pintado con paredes anaranjadas y dibujos de David Burliuk, se presentaron el dramaturgo Vasily Kámensky y el poeta Velemir Jlébnikov y una vez que el local estuviera lleno y los cantantes habían terminado sus romanzas, hacían acto de presencia, Mayakovsky y Burliuk, maravillando a todos los espectadores.

Los cafés literarios tuvieron mayor importancia después de 1917, organizándose muchos de estos con el propósito de sustituir las publicaciones mediante las presentaciones públicas. En esta etapa llegaron a funcionar cuando menos diez cafés literarios en Moscú, que abrían sus puertas tan pronto como otro café las cerraba. Los más famosos fueron el Pittoresque, el Abrevadero de Pegaso, el Dominó y el ya mencionado Café de los poetas.

A diferencia del Perro vagabundo, los cafés literarios posteriores a éste, estaban pensados para el público en general, para mostrar al artista;[4] con la popularidad de los cafés y sesiones todavía más amplias como las que se realizaron en el auditorio del Museo Politécnico, convocadas mediante carteles, se logró  difundir las creaciones artísticas más allá del grupo de origen, como escribió Viktor Sklovski “No era amistad, era el hecho de que el arte es obra común.”[5]

 

[1] Vladimir Maiakovski, Cartas de amor a Lili Brik, Buenos Aires, Ediciones de la flor, 1970,  p. 11.

[2] Jorge Bustamante García, “Un sótano legendario” en El Perro Vagabundo. (Memorias de escritores rusos), México, Filodecaballos, 2008, p. 7.

[3]  Wiktor Woroszylski, “El café de los poetas” en Vida de Maiakovsky, versión de Isabel Fraire, México, Era, 1980, p. 211.

[4] Ibid., p. 212.

[5] Viktor Sklovski, Maiakovski, traducción de la versión italiana de Francisco Serra Cantarell, Barcelona, Anagrama, 1972, p.  62.

 

Bibliografía:

Bustamante García, Jorge, El Perro Vagabundo. (Memorias de escritores rusos), México, Filodecaballos, 2008.

Maiakovski, Vladimir, Cartas de amor a Lili Brik, Buenos Aires, Ediciones de la flor, 1970.

Sklovski, Viktor, Maiakovski, traducción de la versión italiana de Francisco Serra Cantarell, Barcelona, Anagrama, 1972.

Woroszylski, Wiktor, “El café de los poetas” en Vida de Maiakovsky, versión de Isabel Fraire, México, Era, 1980.