Por Ezequiel Moreyra

De la lengua, como granadas, brotan los hijos del lamento.

Los maestros del pasado virginal, violados por la anestesia del acuoso futuro.

Las soluciones son sólo desastres, que se producen en las noches,

cuando los parpados, golpeados por el hastío cotidiano,

se desprenden del entendimiento.

Cuando apelan a la espontaneidad de las deidades.

Así, como Marat, preso del lienzo perpetuo, ajado,

se desangra para no morir jamás.

 

Por y para siempre, cayó la pila de mosaicos barrocos,

sobre las cabezas del miedo.

Una mano tierna, creció como un arma blanca del apéndice estúpido.

Se abrieron las aguas sobre la carne salada.

Se elevaron besos prometedores, sobre el sexo

aturdido por el barro que recubre al silencio.

 

Entre las uñas se alojan sentimientos de una generación quirúrgica.

No hay puertas que separen el espacio, sólo cortinas, rosando la piel

cuando el pasado, impulsado por una briza imperceptible, insiste en ser presente.

Las maderas alimentan al fuego vicioso y el metal al estómago sediento.

Combustión preciosa para la conducción de un andar cansado, pero implacable.

 

Del otro lado, carcome la culpa a un Emilio llagado, amputado, momificado.

Venerado sobre un carrusel de cristal inestable y sombrío.

No sabe del húmedo desengaño, ni de la gratificante desdicha.

No sabe de elocuencias ni de animosidades.

Sólo imita el movimiento poderoso,

sobre los obreros en la fábricas, que forman un engranaje imperfecto, grasiento

y pegajoso.

 

Sueños, lagañas y gloria, se mezclan con glicerina barata.

Sobre la piel callosa, las detonaciones son memoria leprosa.

Nace y muere el terror ciego, la cólera raquítica del útero de Robespierre,

en el patíbulo del progreso.

En el paraíso, se manosean las nalgas de la victoria,

se lubrican las mandíbulas y lentamente cesan los ladridos adoquinados.

Ilustrador: Héctor Mateo