Andrés Gustavo Muglia

El primer obstáculo que hay que sortear al acercarse al fenómeno de la gentrificación es definir qué cae dentro de su esfera de influencia. El concepto, tal como lo introdujo Ruth Glass en la década de los sesenta, se refiere al movimiento de “colonización” de barrios populares u obreros por parte de las clases altas, es decir su “aburguesamiento”. De tal suerte, la puesta en valor del antiguo barrio popular expulsa en su dinámica a los vecinos originales, incapacitados de pagar los nuevos impuestos y alquileres devenidos de una revalorización de su hábitat.
El fenómeno tal y como se lo conoció en su estado puro se dio en ciudades como Londres y Nueva York. En el caso de Latinoamérica y en particular de Buenos Aires, el fenómeno de gentrificación se presenta con particularidades específicas, que si bien difieren de Londres o Nueva York, existe en forma general.

            La década de los noventa, posmodernidad y neoliberalismo

La década de los noventa  en Argentina es, como en buena parte del mundo la década del triunfo del modelo neoliberal. En nuestro país, el gobierno de Carlos Menem durante dos mandatos llevaría a entronizar ese modelo y sus consecuencias. Paralelo a ese paisaje político-económico, la arquitectura argentina mira hacia el exterior y se nutre de una corriente que impulsa el reciclaje de lo ya construido y degradado como una idea que surge del primer impacto de las teorías posmodernas en arquitectura, que luego avanzaría hacia modelos más complejos y profundos como el deconstructivismo.
Edificios que fueron ignorados o denostados por la corriente del movimiento moderno, que veía en las antiguas construcciones capitalinas de corte ecléctico y neoclásico un ejemplo histórico (en el mejor de los casos) de lo que el ornamento tan odiado por Adolf Loos le había hecho a la arquitectura,  comenzaron ser mirados bajo otra lupa, la de la especulación inmobiliaria. Ayudados por la corriente mundial de recuperación postestructuralista del patrimonio, así esto no fuera más que la conservación de una fachada que como una máscara escondía un edificio funcionalista, en esta década se dieron algunos de los reciclajes más espectaculares (por espectáculo y no por notables en lo arquitectónico) y emblemáticos de la capital argentina.
El más notorio fue el de Puerto Madero. El Dique 1 del abandonado puerto antiguo de Buenos Aires, conservaba en total estado de abandono los viejos galpones de ladrillo visto y las grúas de la época en que los productos del mundo viajaban a granel y aún no se había inventado en container. Desde la Avenida Ingeniero Huergo recuerdo ver en mi infancia las enormes y tenebrosas construcciones que uno imaginaba infestadas de ratas y fantasmales apariciones. En 1989 el abandonado puerto fue el eje de una reforma impulsada por el poder conjunto del municipio y el estado nacional. A partir de 1994 se reciclaron los edificios creándose un corredor gastronómico en la planta baja y complejos de oficinas o viviendas tipo loft en los pisos superiores.  Con las posteriores ampliaciones del proyecto original, y la creación de nuevas construcciones que incluyen enormes edificios en la ribera del Río de la Plata, el emprendimiento de Puerto Madero será el más notable, por extensión y por volumen de inversión, ejemplo de gentrificación en Buenos Aires.
Podrá objetarse que en este caso no existió un éxodo de la antigua población, un desplazamiento a manos de las clases más altas, porque se trataba de edificios abandonados. Sin embargo, si atendemos a la salvedad dada al comienzo de este apunte, podríamos decir que el fenómeno de Puerto Madero conserva la pureza de su gentrificación porque las construcciones originales fueron respetadas con intervenciones y agregados mínimos, y porque revaloró un barrio y unos edificios inactivos y abandonados.
Otros dos ejemplos de la misma época, el del antiguo Mercado del Abasto, y el de las Galerías Pacífico, ambas estructuras antiguas y monumentales abandonadas durante décadas y recicladas para alojar sendos shoppings, dan ejemplo de esta misma tendencia que mezclaba en un dudoso cóctel: política neoliberal, arquitectura posmoderna y gentrificación.

Palermo siglo XXI

            Otro ejemplo de gentrificación más cercano en el tiempo es el del barrio de Palermo. El llamado Palermo Viejo, parte o subsector de uno de los barrios más extensos de Buenos Aires, vio un crecimiento exponencial en el período posterior a la crisis económica del año 2001 en Argentina. En efecto, Palermo Viejo, ahora dividido en sectores denominados (por las inmobiliarias) Palermo Soho, Palermo Hollywood (porque allí se instalaron varios estudios de televisión) y hasta Palermo Queens, sufrió la invasión de una clase fundamentalmente diferente a la antigua población obrera que habitaba una barriada caracterizada por talleres, galpones y antiguas casas típicas de la construcción de los inmigrantes, que en Argentina se denominan casas “chorizo”.
Aquí sí se da el fenómeno social en toda su extensión. Jóvenes profesionales con un poder adquisitivo mayor al de los vecinos originales comenzaron a comprar las viejas propiedades: talleres, PH, casas chorizo, etc., y a reciclarlos. Estos sujetos gentrificadores, hipsters, bobos (bohemian bourgeois),  o como se define amplia y difusamente: “jóvenes creativos”,  comenzaron a invadir Palermo Viejo con su cultura alternativa, su gusto por el diseño y la buena mesa, su sensibilidad estética y su tendencia ―¿pose? ¿esnobismo?― a identificarse con la contracultura. Naturalmente arrastraron tras de sí a quienes podían darle lo que ellos querían y podían pagar. El barrio se pobló de restaurantes con propuestas más o menos gourmet, de negocios que vendían ropa de diseñadores emergentes, de comercios de productos relacionados con el diseño donde, muchas veces, el mismo diseñador era el que vendía su creación.
Los locales comerciales eran, además, viejas casas recicladas, con lo que se le daba la vuelta de tuerca definitiva al ambiente buscado: una imitación vernácula y atrasada unas décadas del Lower East Side.
Sin embargo, como si el éxito del fenómeno fuera la semilla de su futuro fracaso, para la década siguiente los primeros colonizadores comenzaron a escapar de Palermo Viejo, cansados de la alienación y el caos del nuevo barrio de moda, en busca de nuevas tierras vírgenes de hipsters en los barrios aledaños.[1] Para ese momento de los antiguos vecinos de Palermo Viejo pocos quedaban soportando la transformación.
Lo que vuelve impura esta gentrificación es el detalle, de ningún modo menor, de que además del reciclaje de las viejas construcciones, Palermo Viejo tuvo un auge paralelo de demoliciones de antiguas viviendas unifamiliares y construcción en su lugar de numerosos edificios, que traían consigo las taras que un inadecuado código urbano no supo neutralizar: aumento de la población, problemas con una infraestructura pensada para una exigencia mucho menor, falta de planeamiento, modificación del perfil y del ambiente del barrio; que pasó de tranquilo y suburbano a un híbrido sin identidad definida y con problemas en aumento cuanto más exitoso era su “crecimiento”.

¿Y ahora?

La experiencia parece indicar que el principal problema de los barrios de vida bohemia es su éxito. Cuando su sabor único: mezcla de periferia orillera y sofisticación para iniciados pierde fuerza merced a la masificación, el pionero prefiere huir a otra orilla, fundar una nueva colonia (Cuando el Montmartre de Tolouse Lautrec comenzó a ser pasto de turistas, la generación posterior con Picasso y compañía se alejó hacia Montparnasse). Exageramos con la comparación de nuestros vernáculos hipsters de zapatillas gastadas y iphone con los grandes creativos del pasado. Seguro que sí. Pero podemos estar seguros de que estos nuevos conquistadores light buscarán otras tierras que colonizar, a despecho de que puedan estar o no ocupadas.

[1] Fernando Massa, “Disparen sobre Palermo: ¿de barrio trendy a sinónimo de masividad?”, La Nación, 19 de abril de 2014.  http://www.lanacion.com.ar/1683199-disparen-sobre-palermo (Consultado el 22 de enero de 2017)