Por Rogelio Josue Ramos Torres

 

“¡Las masas avanzan!, decía, apocalíptico, Hegel.”

José Ortega y Gasset

 

Woodie Guthrie solía decir al inicio de sus conciertos, allá por los años cuarenta del siglo pasado, que su guitarra era una máquina que mataba fascistas. Tenía razón, la música tiene el potencial de condensar movimientos que derriban dictaduras. Ciertamente, antes de Guthrie, muchos habían visto en la música la posibilidad de denunciar dolencias y malestares sociales, pero fue sobre todo a partir de aquellos años que la música tuvo una importancia creciente como instrumento de protesta. A partir de entonces, a lo largo del mundo han aparecido expresiones musicales que enarbolan la defensa de causas de toda suerte.

Bajo una lógica de oferta y demanda, la posibilidad, hoy presente, de encontrar en las carteleras este tipo de canciones refleja también la existencia de un cierto nivel de educación y conciencia necesarios para el consumo de propuestas musicales apegadas a lo social. Ahora bien, si las mediciones como la que hace la marca Spotify no mienten, dicho consumo está lejos de alcanzar la popularidad de otro tipo de géneros, lo que implica entonces que la música de protesta está destinada a ser consumida por grupos reducidos de escuchas. En ese sentido, podría decirse que la música de protesta es asunto de unos cuantos con un cierto nivel de educación, pero ¿qué pasa entonces con aquellos – grandes – grupos que no tienen acceso a las mismas oportunidades que tuvo la población instruida?, ¿Es que acaso estas clases subalternas – como las llamaba Gramsci – no protestan ni tienen de qué quejarse?

Esto, desde luego, no es así. El sociólogo Gilberto Giménez dice que la cultura popular se mueve bajo códigos propios, los cuales, contrariamente a aquellos más sofisticados o elaborados de la así llamada alta cultura, son sencillos, muchas veces orales y por lo tanto de fácil acceso.[1] No es, por tanto, que los estratos o clases populares de la sociedad carezcan de vías culturales para la protesta y exteriorización de sus malestares. No porque no evidencien conscientemente una postura política significa que estas clases sociales no participen de la vida pública, ni que no rechacen las formas de la estructura social; lo hacen a través de manifestaciones e instituciones tradicionales y bien ancladas en el imaginario como referentes de identidad.

Una de estas formas es el corrido, pilar de la tradición musical vernácula, según lo refiere Vicente T. Mendoza.[2] Emanado del mundo rural y encumbrado más tarde por la Revolución, el corrido, dice José Manuel Valenzuela, es poseedor de raíces profundamente integradas en la cultura popular. Seguramente un corrido no puede ser comparado bajo premisas artísticas con aquellas composiciones salidas de la pluma de un poeta o un activista social; sin embargo, y de acuerdo con el mismo Valenzuela, el corrido ha tenido, entre otros méritos, el de haber asumido una dimensión informativa y cohesionadora durante los cambios significativos nacionales o regionales,[3] cualidad que envidian muchas canciones de protesta. De este modo y, por poner un ejemplo, a la belleza de la trova latina se puede anteponer el alcance de masas derivado de la sencillez del corrido, mismo que, al igual que aquella, difunde valores y promueve actitudes. Desde este punto de vista, y siguiendo la idea de Luis Astorga, el compositor de corridos asemeja al “intelectual orgánico” de los políticos.[4]

Variedad del corrido, el narcocorrido surgió de la mano del contrabando. El estrecharse de los contactos entre México y Estados Unidos tuvo como consecuencia la generación de todo tipo de intercambios, legales e ilegales, que se agudizaron en periodos como el de la prohibición derivada de la Ley Volstead.[5] Aquellos corridos dotaron a los imaginarios colectivos, de figuras de héroes y antihéroes dentro de un drama que generalmente habrá de oponer al pobre o humillado frente al rico y el gobierno opresor. El género se convirtió pronto en bandera cultural de las poblaciones y de las clases que tenían vetada la voz en las arenas públicas, sectores marginales o en el olvido que encontraron en el triunfo del bandolero el suyo. El narcocorrido, con su gran capacidad de síntesis, es un termómetro de la cultura popular forjada al calor de las condiciones de la vida nacional de cada época. Como apunta Noemϊ Massard,[6] la quiebra social y económica lo reactiva, y éste sirve, entre otras cosas, para mostrar el lugar que van ocupando fenómenos como el narcotráfico o la violencia en el México contemporáneo.

Si en un recorrido por el cancionero partimos de “El Pablote”, “Por morfina y cocaína” y “El corrido del hampa” de los años treinta, pasando luego por “Juan Charrasqueado”, “El papelero” y “Carga blanca” de mitad de siglo; “El contrabando del Paso” y “Contrabando y Traición” de los años setenta, para luego llegar al ocaso del siglo y los albores del actual con “Jefe de Jefes” y “El señor de los cielos”, pueden observarse ciertas líneas de una realidad social en picada, cuyas causas no pueden ser totalmente achacadas, como a veces se pretende, al propio corrido. Es decir, del mismo modo en que el trovador -activista- no puede convertir en realidad una utopía por el sólo hecho de cantarla, así tampoco el corrido crea narcos sólo por ser escuchado. Con todo, es una realidad preexistente que puede ser leída a través de los contenidos de ambos.

En el declive social habrán de encontrarse las claves culturales que abren paso a manifestaciones como el “movimiento alterado” y no al contrario. Porque, además, hay quienes, como Juan Carlos Ramírez Pimienta, que insinúan que la producción de narcocorridos presenta una baja en momentos en los que el gobierno consigue extender el estado de bienestar tal como sucedió con el llamado “Milagro mexicano”[7], y viceversa. De ser esto así, se puede afirmar que el narcocorrido de nuestros días es producto – y no causa – de una crisis nacional mayor, cuyas raíces, efectos e implicaciones desbordan las pretensiones legalistas de censura.

En un México como el que vivimos hoy, el éxito del narcocorrido es el crisol donde se verifica el grito de los históricamente marginados contra la cultura dominante, representa el triunfo de la ruralidad sobre lo urbano, de la periferia sobre el centro, de la violencia popular sobre la violencia de Estado; ahí el pisoteado encuentra la inmediatez de la justicia que las instituciones no le dan, ahí el pobre burla al rico y al gobierno que lo oprimen por igual o, si se permite un poco de sarcasmo, parafraseando a Carlos Monsiváis: “más que celebrar el delito, los narcocorridos difunden la ilusión de las sociedades donde los pobres tienen derecho a las oportunidades delincuenciales de los de arriba.”[8]

El narcocorrido es, acorde a Catherine Héau-Lambert, el espacio contracultural en el que los jóvenes desobedecen de forma más radical a un mundo adulto que los discrimina negándoles oportunidades. La apropiación de éste es mandar un mensaje de rechazo, es poder contar con un medio que proporciona sobre todo a los jóvenes marginados una valoración positiva de su identidad. La violencia del narcocorrido dice esa misma autora, obedece al propio contexto mexicano en el que ésta ocupa un papel formativo determinante.[9] Sin este contexto, la letra de los narcocorridos simplemente no tendría sentido. A diferencia de la música tradicional de protesta éste no consigna, literalmente, los malestares sociales, se trata más bien, volviendo a Héau-Lambert, de un mensaje “silencioso”, pero no por eso débil, que arroja luz sobre una realidad afectada por una buena cantidad de problemáticas.

La postulación de este género musical en términos de estética y de valorizaciones propias de las culturas hegemónicas, con su desprecio por todo lo que no es bello o parte de la alta cultura, tienen como consecuencia la desestimación de su valor como denuncia popular sin que por esto deje de serlo. Por el contrario, su mensaje lleva implícito un hartazgo silencioso pero tan audaz y tan fuerte que más que desafiar a través de la apología de la violencia al poder y a la autoridad, propone, como argumenta Héau-Lambert, su completa desacralización.[10]

Teniendo en cuenta su nivel de rigor y articulación, se puede decir que hay manifestaciones culturales más políticas que otras.  La variedad se explica en función de las estructuras socioeconómicas y los sistemas políticos que no permiten el mismo nivel de participación pública de todos los grupos sociales; por esta razón, el impacto de unos en los procesos de desarrollo es más alto que el de otros.[11] Sin embargo, no por simple o falto de méritos artísticos o políticos el narcocorrido deja de ser una reclamación profunda. No hay que olvidar que son los mensajes sencillos y fácilmente digeribles los que llegan a mover una masa. La propia Revolución Mexicana, escribió Franz Tannembaum, encontró su fuerza en los habitantes de los pequeños pueblos, “quienes abrigaban simples ideales y simples actitudes con respecto al mundo.”[12]

 

[1] Giménez, Gilberto, “El retorno de las culturas populares en las ciencias sociales”, en Cultura y Representaciones Sociales, Año 8, Núm. 16, marzo 2014, p. 112. En línea: http://www.culturayrs.org.mx/revista/num16/Gimenez2014.pdf

[2] Mendoza, Vicente T., El corrido mexicano, México, Fondo de Cultura Económica, 1954, p. 27.

[3] Valenzuela, José Manuel, Jefe de Jefes, Corridos y Narcocultura en México, México, Plaza y Janés, 2002, p. 16

[4] Astorga, Luis, Mitología del Narcotraficante en México, México, UNAM-Plaza y Valdés, 2004, p. 38.

[5] Acta de prohibición o Ley Seca, decretada en Estados Unidos, en 1919.

[6] Massard, Noemϊ “El narcocorrido mexicano: expresión de una nación en crisis”, en Lasiega, Entrega número 2, Febrero 2005, p. 2. En línea: http://www.lasiega.org/entrega2/entrega2_9.pdf

[7] Ramírez-Pimienta, Juan Carlos, Cantar a los narcos, México, Temas de Hoy, 2011, p. 17.

[8] Monsiváis, Carlos, “De narcocorridos y otros funerales”, en El Universal, 17 de febrero de 2008. En línea: http://archivo.eluniversal.com.mx/editoriales/39769.html

[9] Héu-Lambert, Catherine, “El narcocorrido mexicano: la violencia como discurso identitario”, en Sociedad y Discurso, número 26, Universidad de Aalborg, 2014, p. 161. En línea: https://journals.aau.dk/index.php/sd/issue/view/112

[10] Ibidem, p. 174.

[11] Stavenhagen, Rodolfo, Sociología y Subdesarrollo, México, 7ª Edición, Editorial Nuestro Tiempo, 1984, p.90.

[12] Tannembaum, Franz, La Paz por la Revolución, México, INEHRM, 2003, p. 148.

 

Bibliografía:

Astorga, Luis, Mitología del Narcotraficante en México, México, UNAM-Plaza y Valdés, 2004

Giménez, Gilberto, “El retorno de las culturas populares en las ciencias sociales”, en Cultura y Representaciones Sociales, Año 8, Núm. 16, marzo 2014

Héu-Lambert, Catherine, “El narcocorrido mexicano: la violencia como discurso identitario”, en Sociedad y Discurso, número 26, Universidad de Aalborg, 2014

Massard, Noemϊ “El narcocorrido mexicano: expresión de una nación en crisis”, en Lasiega, Entrega número 2, Febrero 2005

Mendoza, Vicente T., El corrido mexicano, México, Fondo de Cultura Económica, 1954

Monsiváis, Carlos, “De narcocorridos y otros funerales”, en El Universal, 17 de febrero de 2008

Ramírez-Pimienta, Juan Carlos, Cantar a los narcos, México, Temas de Hoy, 2011

Valenzuela, José Manuel, Jefe de Jefes, Corridos y Narcocultura en México, México, Plaza y Janés, 2002

Stavenhagen, Rodolfo, Sociología y Subdesarrollo, México, 7ª Edición, Editorial Nuestro Tiempo, 1984

Tannembaum, Franz, La Paz por la Revolución, México, INEHRM, 2003