Por “Hunder”

(Guanajuato, México)

 

Me bebí el vaso de agua y recuperé el aliento, la calma. Tanto tiempo -¿cuánto tiempo pasó?- entre la horrorosa oscuridad y el eterno silencio de un cuarto pequeño, yo me sentía calmado sólo por tomar un poco de agua. ¿Cómo llegué hasta aquí? Por ahora no puedo saberlo, y creo es lo que menos importa. ¿Cómo voy a salir de aquí? ¡Qué pregunta tan pendeja! Estoy atado de piernas y brazos, ni siquiera estoy seguro si el cuarto tiene puerta, y no veo ni madres.

Hace un rato estaba preocupado por mi familia, pero ¿estarán preocupados ellos? Seguro creen que estoy en el trabajo, como es normal de lunes a sábado. Aunque creo que ya es domingo, deberían haberme llamado al menos una vez, pero quizá creen que estoy con Dulce. La neta creo que ni se acuerdan de mí.

Esta situación debería tenerme reflexionando mi vida, ¡estoy secuestrado! Mi vida está corriendo peligro, incluso los latidos de mi corazón retumban en el pequeño cuarto, y eso debería ser desesperación, pero no lo es. No temo de lo que pueda sucederme, ahora o después. Me he vuelto tan frívolo, tan insensible y aburrido. A veces me llaman Ismael, otras Israel, incluso las secretarias me dicen Azael; mi identidad va en mi cartera como un pedazo de plástico.

El miedo a llegar tarde a la oficina es lo único que logra ponerme los nervios de punta. “Una más y te me vas”, me advirtieron. “Si llegas crudo, ya no llegues”, se me advierte casi a diario por las mañanas mientras caliento agua para el café. No puedo quedarme sin el trabajo, acabo de comprar ese nuevo celular, que debería tener en mi bolsillo y no está, y la renta se paga en dos días. Ya estoy harto de comer atún cada tercer día, pero es más humillante ir a comer a casa de mis padres y que me regañen por haber dejado la universidad y estar perdido en esa oficina de esclavos sin alma. ¡Esa oficina me ha dado de comer! ¡Chingada madre!, les grito mientras termino el plato de enchiladas que tanto me gustan, y les explico que no podría hacer otra cosa para ganarme la vida, llorando, lastimado, con los ojos sin brillo y la cara arrugada y caída…

-Señor, despierte, aquí termina la ruta-. Abro los ojos y el camión está vacío y el chofer me mira con cierta compasión. Miro el reloj, hace quince minutos que debía estar en la oficina y estoy muy lejos de ahí, pero cerca de la casa de mis padres.